CAPITULO ONCE: El
Infernal Laberinto de Huzichilopoztli.
Estaba Jigolanthas el gnomo buscando pornografía infantil en
Tepito, un viernes por la tarde, cansado, erizo y necesitando desesperadamente
un baño, cuando un viejito, humano, moreno, delgado y chaparro se le avecino
calmadamente.
-¿Usted es Jigolanthas el gnomo, verdad?- dijo.
-Exacto. Y ¿con quién tengo el gusto? – respondió el gnomo.
-Huzichilopoztli.- respondió el viejo con una pequeña alzada
de pecho causada por un pequeño suspiro.
Es lógico entender que un ser como Jigolanthas, eterno,
inmortal y siempre duradero conocía perfectamente al Dios Azteca, pero los
Dioses tienden a tomar formas indistintas para pasearse indistintamente en el
planeta tierra, y eso, claro, los hace, de vez en cuando, difícil de reconocer.
-Majestad. Estoy a su servicio.- Respondió el gnomo,
poniendo su mano en su corazón.
-Gracias. Me gusta contar contigo. Y por ahí, platicar sobre
mis nombres entre los cristianos y musulmanes.-
-La pregunta en mi corazón, majestad, ¿es usted un ser
único, o porción de un ser más grande? Y claro, la pregunta la hago desde el
corazón de uno que conoce su nombre cristiano: Satanás.-
-¿Cómo responderías tu esa pregunta, gnomo?- respondió el
viejillo.
-Único.- el gnomo estaba nervioso. Tratar con seres como
Huzichilopoztli podría costarle el alma, y lo sabía. Una respuesta errónea, y
todo podría terminar para el…
-¿Y por qué responderías así?-
-Por respeto.-
-Hace mucho, cuando mi pueblo todavía me daba su corazón en
las pirámides creadas para mi honor y culto, nadie quería realmente darme sus
hijos en sacrificio, pero aun así, lo hicieron.
Por Lucifer, ¿Qué sacrifican sus siervos?-
Pero el gnomo entendió que Huzichilopoztli no le había dado
respuesta su pregunta. Y la pregunta era de interés absurdamente enorme para el
curioso ser.
-Y pues, ¿Cuál es la verdad?- pregunto.
-No te la voy a decir. Sí y no. Descúbrelo por ti mismo.-
dijo el viejecillo, y momentáneamente, él y Jigolanthas se transportaron juntos
por el tiempo y el espacio al infierno, donde Satanás estaba disfrutando
algunas perversidades inconcebibles sobre los cuerpos de cristianos caídos.
El viejo diablo estaba, como de costumbre en una de sus
formas favoritas, piel roja, cola de dragón, alas de dragón, barba de candado y
cuernos. Estaba ocupado con un gigantesco vibrador el cual estaba insertando en
el ano de un creyente con tal fuerza y destreza que la pobre alma perdida no
podía más que gemir en placer, dolor y lo que proceda de eso. Una larga línea
de almas perdidas, atadas en posiciones incomodas a un muro interminable de
piedra caliente.
Sin voltearse o dejar de hacer lo que estaba haciendo,
saludo a los recién llegados.
-Huizti, viejo amigo… Gusto verte. ¿Y Jigolanthas, este es
tu primera vez en el infierno, cierto?-
-Eh… si, si lo es, ¿Majestad Satanás, presumo yo?- dijo
Jigolanthas perfectamente aterrorizado.
-Exacto. Tu pregunta filosófica merecía una respuesta
contundente, y creo que esto lo puede resolver. Pues de alguna manera es la
pregunta del “bien” y el “mal”, y por lo tanto central a la realidad absoluta
de lo que es importante para tu alma…- dijo el cornudo.
Incomodo, pero suficientemente sabio para reconocer que
aquí, en el infierno, con el diablo literalmente platicando contigo,
Jigolanthas, decidió que su pregunta había sido respuesta satisfactoriamente.
-Entonces todos somos seres distintos, pero a la vez, los
mismos. Alfa y Omega somos todos, no algunos más que otros.- dijo.
-Yo soy Huzichilopoztli. Siempre he sido Huzichilopoztli.
Siempre seré Huzichilopoztli. –
-Yo soy Satanás. Siempre he sido Satanás. Siempre seré
Satanás. Y nuestras historias y leyendas son distintas, tan distintas como
somos nosotros mismos. Y ambos distintos de ti, Jigolanthas. Y ahora, al grano,
debemos detener al Rey Agua.-
Huzichilopoztli encorvo sus brazos y sonrió
agradablemente.
-Yo en eso no me meto.- dijo y desapareció.
Jiji no estaba muy feliz de haber quedado solo con Satanás
en el infierno. Satanás, por otra parte, siempre disfrutaba muchos visitantes a
su morada. Tanto así, que algunos no quería dejar salir. Pero claro, el asunto
con Jigolanthas era distinto.
-Debo admitir que recuperar control de la Torre Rosa de las
manos de ese lagarto insensato es muy tentador, Majestad, pero dígame, ¿cómo
podríamos vencer a Krishna? –
Y momentáneamente, apareció el Señor Shiva acompañado por el
demonio Hyraniakashipu.
-Tiempo, espacio y conciencia. No hay muerte, pero tampoco
hay tiempo. Observad, amigos, al demonio Hyraniakashipu. Como bien saben, fue
derrotado por el Señor Nirshimhadeva pero he viajado de regreso en el tiempo a
recuperarle a nuestra presencia. En este momento, está todavía meditando parado
sobre un solo pie con las manos en alto. Solo le he robado un segundo, ni
siquiera eso, pero con ese segundo robado, puedo alargar su existencia a este
momento y concepto temporal. Y con eso es suficiente para que el cosmos se deshaga.-
dijo el Señor Shiva sonriendo.
-El problema, parece ser que en el momento en que Krishna y
Jesucristo pelean con dados, y Krishna gana, la maldad se acaba, y pues no
podemos ser malos ni yo, y tú, ni todos estos demonios y reyes malditos.- dijo Jigolanthas,
pensativo.
-Cumplir con el deber de uno mismo no es ser malo, pero no
es necesariamente ser bueno tampoco. Tú cumples con tu deber, Jigolanthas.-
dijo Satán.
-¿Y cuál es ese deber?- pregunto el gnomo.
-Ser un gnomo pervertido, claramente.- replico Satán.
Más tarde en Tepito, Jigolanthas estaba tomando un rico café
con leche y comiendo unos tacos de cecina con huevo. Había regresado del
infierno hambriento, y pues fue a una fondita a desayunar. Estaba considerando
su extraño encuentro con tres dioses terribles y temerarios de la tierra.
Obviamente, su pérdida de la guerra contra los enanos y la victoria del Rey
Agua, molestaba profundamente a todos los “villanos” del universo. A través de
su victoria contra Ciudad Paleta y su democracia, el Rey Agua había desatado el apocalipsis zombi de Jesucristo
en Nagaloka, y ese pequeño detalle costaría nada menos y nada más que el fin de
los tiempos: la iluminación colectiva de todas las almas humanas en el universo. Algo particularmente aterrador para
cualquier gnomo en su sano juicio.
¿Pero que podría hacer?
El asunto todo se atoraba en un pequeño pedacito del futuro
perfectamente inescapable, donde Jesucristo, Minoreyna, el Rey Agua, y Krishna
llegan todos a Rasalandia a discutir el futuro de la humanidad. Jesucristo
quiere acabar con los humanos en Nagaloka para comenzar el Juicio Final en la
tierra. Ese extraño encuentro en la ciudad de los minotauros culminaría con la
victoria de Krishna sobre Jesucristo y el fin del tiempo, pues Krishna pondría
al Rey Agua como soberano del universo absoluto, y el Rey Agua terminaría con
la dualidad que causa el mal.
La gravedad de ese momento jalaba toda la existencia a una
conclusión irreversible. Y cuando algo es tan importante que jala el tiempo y
el espacio a su fin, también es notoriamente difícil de detener.
Jigolanthas, habiendo visto el futuro, entendía
perfectamente, al igual que Satanás, que su tiempo se estaba terminando. Simplemente no podía ver algo para detener el
tiempo. Pero siendo un gnomo, no podía rendirse. Y claro, algo más se le podría
ocurrir.


